Unbranding: cuando crecer implica soltar
- Juan Francisco Gomez

- 29 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Durante mucho tiempo, construir una marca personal suele asociarse a sumar: títulos, roles, experiencia, visibilidad, reconocimiento. Y, sin embargo, llega un momento en el que el crecimiento deja de consistir en agregar capas y empieza a exigir lo contrario: desprenderse.
En muchos procesos de desarrollo personal y profesional hay un punto al que se llega sin aviso. No aparece como una crisis evidente ni como un fracaso concreto. Se manifiesta, más bien, como una incomodidad persistente: lo que antes funcionaba ya no alcanza; la identidad que supimos habitar empieza a quedarnos chica.
No es que lo anterior haya sido un error. Al contrario: fue necesario. Pero ya no contiene lo que estamos intentando ser.
El proceso de unbranding no necesariamente implica “desaparecer” ni reinventarse de manera espectacular. Puede implicar algo más silencioso y más honesto: revisar desde dónde estamos viviendo nuestra identidad. Preguntarse qué partes de nuestra marca personal siguen siendo genuinas y cuáles se sostienen solo por hábito, miedo o expectativa ajena.
El conflicto aparece cuando queremos avanzar sin soltar del todo. Cuando intentamos sostener una identidad pasada —el rol que nos dio seguridad, el lugar desde donde fuimos validados, la narrativa que nos explicó durante años— mientras buscamos una vida profesional distinta. Esa tensión genera ansiedad, confusión y desgaste. Lo viejo ya no protege, pero tampoco permite crecer. Con el tiempo se vuelve tierra infértil.
Hay personas que atraviesan este momento mediante un corte es impulsivo. Una renuncia abrupta, un cambio radical, una ruptura cargada de enojo o cansancio. Aunque puede parecer valiente, muchas veces nace más del rechazo que de la comprensión. El riesgo de este tipo de giro es confundir transformación con huida. Cambia el escenario, pero no necesariamente el modo de estar en él.
Existe también una forma más sutil de no soltar: el cambio superficial. Se ajusta el discurso, se renueva la estética, se reformula el relato profesional, pero los apegos permanecen intactos. Se cambia la imagen, no la identidad. Desde afuera parece una reinvención; por dentro, todo sigue igual. No hay pérdida real, ni sacrificio, y por lo tanto tampoco hay verdadero crecimiento.
La verdadera transformación
A diferencia de los anteriores, hay procesos más sanos que atraviesan este momento de forma gradual. Las personas empiezan a soltar roles de manera consciente, a redefinir prioridades, a cerrar etapas con cuidado. Buscan conversación, reflexión, tiempo. No abandonan lo anterior con violencia, pero tampoco lo arrastran hacia el futuro. Van quedando, poco a poco, menos definidas por etiquetas externas —cargo, estatus, trayectoria— y más conectadas con una identidad interna, todavía en formación.
El unbranding auténtico suele atravesar una fase incómoda: dejar de saber bien quién uno es. Un momento en el que la identidad anterior ya no define, pero la nueva todavía no se consolida. Esta zona intermedia genera inseguridad, pero también es profundamente fértil. Allí se sueltan relatos automáticos y se abre espacio para la construcción de una identidad profesional más elegida que heredada o impuesta.
Soltar no es negar el pasado. Es reconocer que una vida —una forma de vivir, de trabajar, de presentarse— ya fue vivida. Y tener el coraje de no seguir habitándola solo por miedo al cambio. Es dejar morir una forma de ser para permitir que otra, más coherente y alineada a mi visión de futuro, pueda nacer.
Autor: Juan Francisco Gómez | Director en Narratibe



Comentarios